jueves, 26 de enero de 2017

La mano peluda

En Lambayeque, departamento del Perú, existe una tradición o mejor dicho una leyenda urbana que bien podría decirse que es antigua ya que viene del tiempo del virreinato, existe una calle en la ciudad de Lambayeque que antes se llamaba Santa Catalina y hoy es San Martín, pero específicamente entre las cuadras de la calle Real y San Roque recibía el nombre de calle de la Mano Peluda, por los motivos que viene a continuación.



En esa cuadra se encontraba la antigua Escuela de la Patria, dirigida por el maestro Chanamé el cual siempre recorría esa cuadra en actitud de búsqueda y ademan desafiante. Pero en las noches esa cuadra era temida ya que se cuenta que una mano velluda y grasosa llamaba insistentemente a todo aquel que transitara y no se podía ver de quien era ya que la oscuridad envolvía el interior, un llamado que se volvía en amenaza cuando no se le hacía caso.

Aparecía primeramente por una de las dos ventanas de la escuela que daba a esa parte de la calle, con el tiempo fueron muchas las personas que dicen haberla visto, asustaba a los hombres, atemorizaba a las mujeres y era muy terrorífica para los muchachos. Por este motivo se comenzó a indagar por qué esta visión aparecía en esta zona y la tradición dice lo siguiente:

Fray Francisco Diaz de Cabrera fue el primer Obispo de Trujillo, pero debido al terremoto que tuvo lugar en dicha ciudad el 14 de febrero de 1619, llamado el terremoto de san Valentín, se trasladó a la ciudad de Lambayeque y ahí estableció su sede. Con el tiempo el recibió la orden del Virrey del Perú, Príncipe de Esquilache, el cual decía que se volviera a Trujillo, el Obispo Cabrera desobedeció y se mantuvo en esa ciudad. Fue una época en que la ciudad de Trujillo atravesaba por varios movimientos telúricos y fuertes replicas, sin embargo esto no impidió que la muerte llegara, pues el obispo falleció el 25 de abril de ese mismo año, solo habían pasado 2 meses de su traslado.

Al parecer, el Obispo Cabrera ya tenía su oficina instalada en la ciudad de Lambayeque en la escuela de la Patria, seguramente para estar más cerca de la iglesia y de la casa parroquial, pero a este le había mortificado profundamente la orden y no solo había desobedecido, sino que entre él y el Virrey se mandaban recados poco afectuosos. El Virrey mandaba recados como ya tendré “oportunidad de agarrarlo”, a su vez el obispo que contaba solo con sus prerrogativas canónicas respondía “Primero lo agarrare yo” pretendiendo formular un remedo de excomunión haciendo el signo condenatorio, pero la muerte llego a tocar su puerta y se lo llevo a la tumba envuelto en su cólera y sus deseos.

Por este hecho se entiende que el Obispo al no poder “agarrar” en vida al Virrey, pretendía hacerlo en la muerte y por este motivo, todas las noches aparecía un nuevo caso de que alrededor de las diez la hora en que falleció el Obispo, su mano peluda y gordinflona se muestra en la ventana intentando buscar afanosamente al Príncipe de Esquilache, talvez para retorcerlo como se hacía en ese tiempo para castigar a un mal católico o para hacerle el signo maléfico del anatema.

El Obispo de Cabrera quiso contrariar al Virrey incluso más allá de la muerte, pues no solo no quiso ir al llamado del Virrey a la ciudad de Trujillo, sino que dispuso que sus restos fueran enterrados en la ciudad de Lambayeque dando instrucciones precisas de cómo proceder.

Su tumba aún se puede ver en el altar del Rosario, entre la pared maestra que sostiene el retablo y el camarín de la virgen, pero aun en nuestros días los que residen en esa ciudad sienten cierto temor de que sea el día en que el Obispo despertó para seguir buscando al que se ganó su desprecio, un antiguo Virrey del Perú que esta ya muchos años muerto.


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